Autocrítica al alcance de todos (Segunda parte)
La cúpula de los partidos radicales de Izquierda, que no representan más de tres millones de votos en Colombia y 15 mil votos en el Huila, se empeñaron en ahuyentar a líderes y ciudadanos que no pertenecemos a esos guetos, pero que también reclamamos cambios necesarios para garantizar el equilibrio social y el sistema de pesos y contrapesos. No respetamos los sentimientos de los ciudadanos que reclaman la presencia de la ética, la decencia, la moral y los buenos modales en la gestión pública de los servidores que fueron llamados al gobierno; y lejos de erradicar sus prácticas oscuras y apartarlos del gobierno, terminamos manteniéndolos o tumbándolos para arriba.
La autocrítica nos permite reconocer los errores cometidos; que hay nuevas formas de ver al mundo y que a pesar de navegar en una sociedad en crisis, hay ciudadanos que no aceptan los desafueros de su benefactor. La derrota empujada por los errores cometidos, es una oportunidad de repensarnos y enmendar las cosas que tengamos que corregir, en procura de mantener vigente el compromiso, la fe y la mística de los ciudadanos, frente al proyecto político y su futuro.
La meritocracia prometida solo fue un eslogan de campaña y nada más. Los Colombianos esperábamos que a los puestos de responsabilidad baja, media y alta del aparato burocrático del estado; llegarían personas seleccionadas mediante procesos de meritocracia que tanto se anunció en campaña; pero para sorpresa de todos, vimos con elevados niveles de impotencia, frustración y humillación, que los enemigos del gobierno y del proyecto político, siguieron incrustados en los puestos de dirección y coordinación del gobierno, dedicados a obstaculizar la acción del gobierno y el cumplimiento de nuestras promesas electorales. Fuimos ingratos con nuestra militancia y fieles seguidores, que siempre esperaron una oportunidad laboral y estaban dispuestos a entregar de si lo mejor para bien del país; pero desde muy temprano de los inicios del gobierno, se evidencio que muchos de los llamados poco o nada tenían que ver con el proyecto político; y que las pocas oportunidades brindadas, solo se dieron a detestables roscas de izquierda y oportunistas que se incrustaron en el aparato burocrático del gobierno, para hacer negocios y aprovechar las oportunidades de enriquecerse de manera grotesca y delictual, defraudando la confianza entregada, creyendo que el gobierno los designó, para que llenaran su estómago y nada más; para no hablar de los escándalos palaciegos, a los que no se le puso coto.
Algunos inocentes dirán que ese yerro político, fue la prueba de que el proyecto político, estaba por encima de los puestos de gobierno; a mi juicio fue la prueba palmaria de nuestra incompetencia e ingratitud que inundo entidades del orden nacional y regional. Desde que tengo uso de razón, nunca había visto que un partido o proyecto político victorioso, gobierne sin sus amigos. Nunca vi que en el Huila, la gerencia regional de la antigua Caja Agraria, hoy Banco Agrario, estuviera en manos de un forastero desconectado de nuestras gentes y nuestra región, actuando a espaldas de las promesas del gobierno y desatendiendo los requerimientos de los campesinos, pequeños y medianos empresarios que generan riqueza, empleo y crecimiento. El tigre está de gira por todos los territorios del país, haciendo inventario de toda la estructura burocrática del estado en las regiones, que se tomara desde el primer día de gobierno, para distribuirlas con los suyos, como parte de la estrategia para derrotarnos también, en la disputa electoral que se librara en los territorios. Ellos si saben para qué es el gobierno.
La cúpula de los partidos radicales de Izquierda, que no representan más de tres millones de votos en Colombia y 15 mil votos en el Huila, se empeñaron en ahuyentar a líderes y ciudadanos que no pertenecemos a esos guetos, pero que también reclamamos cambios necesarios para garantizar el equilibrio social y el sistema de pesos y contrapesos. No respetamos los sentimientos de los ciudadanos que reclaman la presencia de la ética, la decencia, la moral y los buenos modales en la gestión pública de los servidores que fueron llamados al gobierno; y lejos de erradicar sus prácticas oscuras y apartarlos del gobierno, terminamos manteniéndolos o tumbándolos para arriba.
No interpretamos que el proyecto era de todos y no solamente de sectores de izquierda; llegando al extremo de que el candidato permitió que un grupo residual de izquierda lo secuestrara y lo aislara de dirigentes, activistas y simpatizantes que sin ser de izquierda, estuvieron comprometidos con la candidatura, pero se les miro despectivamente y solo se les tuvo en cuenta para que como personas anónimas, trabajaran en la campaña y nada más. En los cuerpos directivos nacionales y regionales de la campaña, con la anuencia del candidato, solo tuvieron cabida personas de la izquierda rancia, que se creyeron los dueños del candidato, la campaña y el partido; y que la inmensa mayoría, éramos unos arrimados; pues en su monserga, no existen los verbos abrir, participar, incluir, reconocer, gerenciar y coordinar; o si los aprendieron, lo asimilaron en sentido contrario; errores que explican la derrota, a manos del embustero mayor. Que fácil hubiera sido integrar a nivel nacional y regional, coordinaciones amplias y participativas con todos los sectores y motores de la acción política de nuestro proyecto.
Dejamos acrecentar el problema de la salud y en ese tire y afloje, sometimos a los ciudadanos y de manera especial a los ancianos, a padecer una verdadera tortura, en los procedimientos y entrega de medicamentos, que también nos pasó su factura de cobro en las elecciones; pues el anciano normal no entiende que es víctima de una mafia incrustada en el sistema; sino víctima de la ineficiencia del gobierno.
El tarimazo de Medellín, termino convertido en el más estruendoso fracaso, que indigno al país entero y que permitió que se nos propinara la mayor derrota al Petrismo en Antioquia.
La escogencia de Aida Quilcue como fórmula vicepresidencial, fue a todas luces una equivocación, como en su momento lo advertimos. Su escogencia generó percepciones de exclusión en sectores que no se identificaban con la izquierda tradicional, pero que comparten valores progresistas y apoyamos al presidente Gustavo Petro, como líder del proyecto político y a Iván Cepeda, como nuestro candidato. No
Tuvimos la capacidad de atraer a esos sectores de centro y derecha no radical, para sumarlos a la mayoría que busca cambios positivos en el país. El sector que representa Aida Quilcue, ya estaba en nuestro inventario de seguidores y electores disciplinados; las fuerzas políticas diferentes a la izquierda, anhelábamos un gran empresario o un demócrata ejemplar con visión de progreso, progresista, reformista, partidario de la reforma a la justicia y la reforma política; con reconocidos valores éticos y anti corrupción; defensor de la propiedad e iniciativa privada, del capitalismo con rostro humano, de la producción y el ingreso para todos los colombianos, que desean un mejor vivir; y por sobre todo, que ahuyente con azufre en mano, el tufillo comunista y de guerrillo, que como estrategia siniestra, la extrema derecha le atribuye a Iván Cepeda, para neutralizarlo como carta presidencial; que sin lugar a dudas sería un muy buen presidente, si logra entender e interpretar certeramente, el país y la sociedad que somos.
Muchos ciudadanos (lo dicen tirios y troyanos) sostienen que Carolina Corcho, era la fórmula ganadora, bien como candidata presidencial o bien como fórmula vicepresidencial de Cepeda; circunstancia que plantea grandes retos y oportunidades para la exministra.
Los casi trece millones de votos obtenidos por Iván Cepeda, son la prueba de que el progresismo crece en cada proceso electoral, que el gobierno a pesar de todas sus fallas, tiene un gran respaldo popular, que el pacto histórico es la fuerza política más importante del país y que su predominio en el tiempo futuro, va a depender de que se entienda que este partido está integrado por diversas fuerzas políticas y no solo de izquierda. Es apenas previsible que de acuerdo a los resultados obtenidos por Cepeda y el desgaste que produce el gobierno, el próximo presidente será del progresismo y que si se vuelve a pensar en Iván cepeda, acompañado por Corcho como vice; el Pacto Histórico y/o la Alianza por la vida o el mismísimo Cepeda tendrá que hacer su propia reingeniería política, para ser nuevamente el candidato presidencial; y en cualquier escenario, Carolina Corcho, tendrá que prepararse para ser presidenta en el 2030.